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Enfermedad coronaria y actividad física

La adaptación cardiovascular al ejercicio es el conjunto de modificaciones derivadas de la práctica de una actividad física de suficiente intensidad y frecuencia.

Los ejercicios se pueden clasificar en isométricos (estáticos) o isotónicos (dinámicos) produciendo diferentes efectos sobre el organismo. El ejercicio isométrico favorece el desarrollo muscular y aumenta la presión arterial, por lo tanto, no es recomendable para pacientes con una enfermedad coronaria. Estos pacientes deben realizar ejercicios dinámicos, con repetición frecuente de movimientos de baja resistencia que implican grandes masas musculares como: caminar, correr, nadar, montar en bicicleta, etc. Con estos ejercicios la presión arterial sistólica aumenta pero la presiones diastólicas y media no se modifican, por ello estos pacientes los toleran bien.

La presión arterial y la frecuencia cardiaca, tanto de las personas sanas que realizan actividad física regular como de los pacientes coronarios entrenados son más bajas, lo que ayuda a un mejor estado funcional.

El entrenamiento aeróbico aumenta la capacidad funcional y el consumo de oxígeno a cualquier nivel de ejercicio de intensidad submáxima, lo que implica un menor trabajo cardíaco.

La prescripción del ejercicio no debe realizarse sin un reconocimiento médico, en el que se tenga en cuenta el tratamiento farmacológico del paciente.

En las primeras décadas del siglo XX se temía que el ejercicio físico pudiera aumentar el riesgo de arritmias, recurrencia de infarto, muerte súbita, rotura cardíaca en los pacientes que habían sufrido un infarto de miocardio.

Debería de ser una actividad isotónica de baja intensidad (como el aseo del paciente). La frecuencia cardíaca en esa movilización precoz debe controlarse y no superar los 120 pulsaciones por minuto.

Posteriormente, entre la segunda y la octava semana debe aumentar gradualmente el nivel de actividad física, hasta realizar pequeñas labores en las que participen grupos musculares de brazos, piernas y tronco. El mejor ejercicio físico es caminar de forma paulatina distancias cada vez mayores.

Cuando el paciente ya realiza pequeños paseos, ya se puede pensar en realizar una prueba de esfuerzo submáxima, que permita valorar la situación clínica del paciente. Sólo después de esta valoración podría ingresar el enfermo en un programa de rehabilitación supervisada intrahospitalaria que le permita obtener beneficios (entre la octava semana y sexto mes).

A partir del 6º mes el programa irá dirigido a la reducción de la mortalidad y mejora de la calidad de vida.

Intensidad:

Para pacientes coronarios la frecuencia cardíaca recomendada inicialmente puede ser tan baja como el 40-50% de la frecuencia cardíaca máxima teórica, por lo que al tratarse de un ejercicio de baja intensidad debería realizarme más frecuentemente o durante más tiempo.

En la rehabilitación cardíaca la intensidad de la sesión oscilará dentro del rango de la frecuencia cardíaca útil, considerando esta entre el 60 y 80% del consumo máximo de O2. Siempre se debe mantener 10 latidos por debajo de la frecuencia cardíaca máxima establecida (FC límite).

Una de las formas de cálculo más utilizadas en pacientes coronarios es el método de Karvonen, que consiste en calcular la diferencia entre la FC máxima y la de reposo; al 60 u 80% de esta cifra, y sumándole la FC de reposo.

Método de Karvonen: FC de reserva (FC útil)= [(FC  máxima- FC en reposo)x 60-80%] + FC en reposo.

Los niveles de intensidad se calculan de acuerdo al porcentaje de la máxima FC alcanzada. Siendo leve de 40-60%, moderada de 60-75% y alta entre 75-90%.

La escala de Borg es una herramienta fundamental para evaluar la percepción de la intensidad del ejercicio por parte del paciente en actividades no supervisadas.  Se recomienda mantener durante el trabajo aeróbico una intensidad entre 4 y 7 (moderado-algo pesado), es muy importante que el paciente debe manejarse por debajo del Borg logrado en la rehabilitación supervisada.

Con información de
https://www.fisioterapia-online.com

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